© 2009 Lorena Gil

Querida Barbara:

Muchos se preguntarán por qué he decidido escribir sobre ti. No has sido considerada nunca un icono de belleza o glamour, aunque para mí eso es discutible. No has sido tan polémica como para que hablaran de ti, todo lo contrario, tu gran problema fue que pese a ser una de las mejores actrices de tu época fuiste la eterna olvidada.

Yo no te puedo pasar por alto como hizo la academia año tras año, hasta que casi fue demasiado tarde. Tu me diste a conocer el cine en blanco y negro. En aquellos programas de las 2 de la mañana en los que hacían un ciclo de cada actor, fue el tuyo el primero que vi y, desde entonces vi la fuerza que llegabas a irradiar en pantalla y como desaparecían tus compañeros de rodaje en cuanto tú entrabas en escena.

Bajo el nombre de Ruby Catherine Stevens naciste pero fue el de Barbara Stanwyck el que te dio la fama. Creo que la fuerza que te comento que transmitías es debido a la infancia y adolescencia tan dura que viviste tras la muerte de tu madre y el abandono de tu padre. Crecer de casa en casa te curtió la piel para perseguir tus sueños sin importar lo que pensasen los demás.

Se dice que el guión para la película Ha nacido una estrella, de William A. Wellman está basado en tu conflictivo matrimonio y la obsesión de tu marido Frank Fay por convertirte en una estrella. Tras la adopción de tu hijo, llegó tu primer divorció.

Nada te hizo abandonar el sueño de poder ser feliz y creíste que lo conseguirías con el aclamado Robert Taylor pero después de muchos romances del actor, entre otras, con Ava Gardner y Lana Turner tuviste que darte por vencida. Te diste cuenta que lo que siempre duraría fue la amistad y fue con William Holden con el que la mantendrías hasta tu último día.

A él le dedicaste tu merecido Óscar el que la academia se negó a darte hasta el año 81, cuando intentó paliar las injusticias cometidas contigo y te lo otorgaron por “la contribución única al arte de la interpretación del cine”, entregándotelo el joven John Travolta. Bellísima y altiva en tu maravilloso traje rojo con el auditorio en pie, tu personal y profunda voz transmitía la serenidad de los años y sólo se quebró al mencionar a tu amado Holden.

Mal remiendo, pero al menos la categoría es correcta, ya que la contribución que hiciste al mundo de cine es imborrable.

De telefonista a estrella de hollywood, somos muchos los que te admiramos y a los que nos marcaste con el “Recuerdo de una noche” que no podremos olvidar al verte en la pantalla con tanta fuerza como  una “Gata Negra” y nos alegra pensar que siempre fuiste tan positiva y “La Rebelde” que sabía que “Siempre hay un mañana” y espero que donde estés hayas encontrado “El otro amor”, el verdadero, el que hasta el último día fue  tu “Perdición”

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