© 2009 Lorena Gil

Querida Audrey:

De todas las actrices a las que admiro, quizás tú no eres la que despertaba mi mayor fanatismo pero sí mi curiosidad. Puede que sea una frase que no te esperabas para comenzar, porque se supone que cuando recibes una carta de una seguidora, debe estar repleta de alabanzas pero yo soy más de realidades.

¿Qué me llamó la atención? Que una persona de tus cualidades físicas encajara en una época en la que la voluptuosidad fuera un icono o que la fragilidad pudiera llegar a ser tan bonita cuando a mi siempre me llama más la fuerza en las personas. Tú la tenias a raudales pero tuve que descubrirla.

Te convertiste en poco tiempo en una gran actriz cuando el ballet era tu gran sueño y lo abandonaste sin apenas darte cuenta, aunque siempre que pudiste bailaste delante de la gran pantalla.

Los modistos te rechazaron por tu figura delgada y tu falta de curvas excepto uno: Givenchy. A él permaneciste fiel toda la vida e incluso en tu último día te acompañó y le regalaste ese abrigo azul que tanto le gustaba cómo te quedaba. Él sacó lo mejor de ti, tu amistad sin reservas.

Nunca te gustó el teatro por el pánico a equivocarte y la crítica del público a tan sólo unos pasos de ti, sin embargo, fuiste capaz de pertenecer a la resistencia y hacer de correo en la Segunda Guerra Mundial. Fueron muchos hombres a los que amaste y conquistaste con tu apariencia de niña, pero creo que sólo tu último amor pudo darte el cariño que necesitabas, aunque el que deseabas desde tu más tierna infancia, era el de tus padres que nunca supieron expresarlo.

Nadie puede entender cómo surgiste de la nada y te convertiste en quien has sido para tantas generaciones de hombres y mujeres profesionales del cine o no.

Todos recordamos imágenes de tus películas que, incluso ahora, siguen siendo de culto y estudiadas hasta el último fotograma. Tu belleza se incrementaba, si eso es posible, con tu ingenuidad y tu sonrisa aunque yo seguiré destacando que tus ojos hablaban mucho más.

Te recuerdo como actriz, sin embargo desde el 1 de Marzo de 1988 tu vida cambió presentando una solicitud para ser embajadora de Unicef y es la imagen que más admiro y quiero conservar en mi memoria. Durante un lustro te encargaste de hacer llegar al mundo un mensaje de amor y solidaridad que permanece imborrable en el tiempo. Tus niños repartidos por todo el planeta, siempre van a recordar esa maravillosa humanidad que desprendías y en la que trabajaste más arduamente que en cualquiera de tus guiones.

La belleza y glamour por los que fuiste admirada ni siquiera los perdiste en las zonas peor tratadas por el hambre y las guerras, porque la felicidad que irradiabas al ayudar a los demás te mantenía perfecta.

De la holandesa Audrey Ruston poca gente conoce su historia y de Audrey Hepburn a todos les gustaría saber algo más.

Reconociste que tu vida había sido como un cuento y me alegra descubrir que la viviste plénamente. Junto a tu marido recorriste el mundo y encontraste Guerra y Paz en tu espíritu, siendo Dos en la Carretera te diste cuenta que la vida era mejor en una tienda de campaña que en la 5ª Avenida degustando un Desayuno con Diamantes o de Vacaciones en Roma y aunque hubo momentos difíciles que tuviste que superar, siempre lo hiciste con una sonrisa eterna en esa Cara con Ángel que ninguno podemos olvidar.

Always Yours

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